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8 de agosto de 2016

RESCOLDO



Desobedeciendo las leyes
de Hefesto, altanera
escribió en las cenizas
el nombre de la llama
que ya no ardía.

Todavía escuece la llaga.



eRRe
(texto e ilustración)





17 de julio de 2016

El vértigo del águila





“No hay nada más agradable que leer un libro de buenos poemas, porque los buenos poemas hablan de nosotros mismos, de la luz y las tinieblas que llevamos dentro.” Así comienza el prólogo de El vértigo del águila, realizado por Noel Rivas Bravo, y no se me ocurre mejor forma de empezar a escribir sobre el poemario de Víctor Manuel Domínguez Calvo que reproduciendo y adhiriéndome a esas palabras. Porque yo también me he sentido dichosa al leer este libro de buenos poemas y, por supuesto, he sentido que hablaban de mí. Y de ti. De todos nosotros, porque Vito con sus versos ahonda en lo humano.

Aunque el eje temático que vertebra el poemario es la propia creación poética, acaso se trate de una alegoría. La metapoesía para versar sobre metafísica, fundiendo ambos conceptos en uno. Algo que no es extraño si tenemos en cuenta que poesía y filosofía han mantenido, desde antiguo, una relación difícil de delimitar. Sin embargo, en este caso, no se trata de recurrir al verso para filosofar sino que se versa sobre el germen de la creación poética para adentrarnos en el de nuestra propia existencia. La poesía como conocimiento esencial de nuestra realidad. El poeta como águila que mira desde las alturas, a pesar del vértigo.

Nadie dijo a las aves que se podía volar,
que en sus alas vivía
la mirada del pájaro.

Pero está todo escrito en las leyes del mundo:
el previsible azar de la caída,
el planeo irresistible sobre seres y cosas,
la tierna mansedumbre de posarse en un nido
o la fiel libertad contra toda frontera.

Nadie explicó a las aves que se podía volar
pero las aves vuelan
y en su trayecto cuentan,
a todos los que rinden sus pasos a la tierra,
la belleza del mundo,

toda la luz que puede desprender una lágrima.

El libro está estructurado en cuatro partes —con una decena de poemas en cada una de ellas— que bien podrían corresponder a distintos estadios de creación/conciencia. La primera, Invitación al vuelo, es en efecto un convite a elevarse para poder ver con claridad. Los palacios de Ícaro, segunda parte, son los que construye la memoria, recuerdos que la voz poética rememora desde la madurez a través de su pluma, un retorno a la esencia. En Manual de cetrería se diría que el poeta/hombre busca la iluminación para poder poner nombre, palabras, a los anhelos más profundos que en cierto modo ya es capaz de ver. Y por último la parte que da título al libro, El vértigo del águila, un compendio, quizá, de la mirada desde las alturas con el "riesgo" que ello conlleva y que se concluye con dos poemas muy significativos: por un lado, “Evocatoria”, una auténtica poética, y “Nihil” que a modo de epílogo cierra el libro “… / hoy te traigo, / cortada a pluma, / la carne transparente del poema. /…".

El vértigo del águila es una mirada del mundo a través del mundo poético, una búsqueda interior que el autor nos muestra con bellas imágenes y un lenguaje exquisito. Un poemario delicioso de un poeta excelente.

Este libro quedó finalista en el Premio Adonáis de Poesía del año 2003, después pasó una década en un “cajón oscuro”, según nos cuenta su propio autor, y finalmente, para nuestro deleite, se publicó en febrero del 2015. Como hago siempre que disfruto de una lectura, os lo recomiendo encarecidamente.






Nota: La ilustración, de Ángeles de la Torre, forma parte del libro.

[Reseña publicada en la revista Culturamas]

28 de mayo de 2016

MEMORIA





Cada noche acuno

el recuerdo adormecido,

cada noche le canto una nana 

con la viva esperanza

de que cierre los ojos

y despierte el olvido.





eRRe
  (texto e ilustración)


11 de mayo de 2016

Volver antes que ir


Acordate
: un país no es,
de ningún modo,
el lugar donde nacemos
: un país, si acaso, es el tablero que se elige
para vencer los miedos de vivir
[...]


Fragmento del poema narrativo "Volver antes que ir" 
de Flavia Company (Buenos Aires, 1963)
publicado por Eugenio Cano Editor.




1 de mayo de 2016

La última vuelta del perro





Un crudo relato marco, la tragedia de Antonio, para dibujar la fisionomía moral de una Barcelona conocida por pocos. Sintetizándola muchísimo así es como definiría la línea argumental de la obra de Jorge Rodríguez Hidalgo, “La última vuelta del perro”, novela que en dos ocasiones llegó a las deliberaciones finales del Premio Nadal y que ahora reedita la editorial Excodra.

La narración, in extremis, se inicia en el tanatorio donde dos funcionarios intentan colocar su cuerpo inerte dentro del féretro. A partir de ahí, mediante la retrospección, iremos descubriendo los motivos que le llevaron a poner fin a su vida. Antonio, cuidador de cerdos desde la infancia, y Rosario (su mujer), prostituta “desde que tuvo fuerzas para sostener la verga de un hombre”, oriundos de un pueblo (a tenor de su jerga) del sur, deciden abandonar sus miserias y, como muchos otros, emigran a la ciudad condal en busca de una vida mejor. Aunque la elipsis en cuanto a puntos geográficos se refiere es significativa —no aparece ni un solo topónimo en sus 258 páginas—, encontramos referencias suficientes para reconocer cada uno de los lugares a los que se alude. Y sucede lo mismo con las referencias temporales.

A lo largo de los 26 capítulos que conforman la novela, paralelamente al fatal devenir de esta pareja, y los nueve hijos que nacerán, se irá novelando, mediante auténticos cuadros costumbristas, la intrahistoria de un “nicho” de población barcelonesa y se dará cuenta de importantes episodios que pasaron inadvertidos para gran parte del mundo. Con la triste historia de la llegada de Antonio y Rosario se mostrará también la de la “ciudad informal”, es decir, la del barraquismo que se extendió por la montaña de Montjuïc y el frente marítimo durante el siglo XX. Se dará cuenta del realojamiento de muchas familias en polígonos que carecían de los servicios sociales y urbanísticos necesarios y de cómo dicho barraquismo fue erradicado de forma precipitada durante los años anteriores a la Barcelona olímpica, época en la que se sitúa la acción principal de la novela y sobre la que se dirigen la mayor parte de las críticas, ya sea a través de la propia trama, de los diálogos entre personajes (especialmente los del perio-poeta Ramiro) o de las abundantes digresiones de un narrador omnisciente que no se muestra imparcial en absoluto. Así, se hará mención de los proyectos fantasmas por los que con motivo de los JJ.OO. algunas empresas percibieron financiación, se hablará de los profesionales que acabaron realizando trabajos no cualificados, de las pésimas condiciones laborales de los obreros, de la limpieza étnica que se llevó a cabo en la ciudad, de la ocultación de los marginados y enfermos, de la hipocresía de muchos estamentos, de la falsedad en los medios de comunicación, de la opulencia versus la miseria, del abuso de poder, de la soledad del hombre, entre otros muchos temas sensibles.

Todos estos problemas serán padecidos, de forma directa o indirecta, por los singulares protagonistas de la novela. El autor ha respetado en todo momento el decoro lingüístico de los personajes, destaca significativamente el habla de Rosario, analfabeta como Antonio pero sin un pelo en la lengua. Él, taciturno tanto en su habla como en su comportamiento, entre trago y trago, irá evolucionando hacia un discurrir interior, cual Sancho Panza, lo que le llevará a abrir los ojos ante su lamentable realidad y a querer cerrarlos para siempre. Pero no hay solo jerga en su léxico, también encontramos entre sus páginas metáforas, alegorías, imágenes, símbolos y numerosas citas de poetas, no en vano la poesía es el género que más ha cultivado el autor.

En la contraportada del libro se indica “Sí, estás ante una novela, pero no ante una novela común […] Difícilmente podréis olvidar esta última vuelta…” Y así es.


[Publicada en la revista Culturamas]

18 de abril de 2016

Oídos ciegos


Mis ojos,
almendras amargas,
compusieron con
encabalgamientos abruptos
los versos que
sus oídos,
pies en el techo,
no supieron leer.

Y me fui.



















Montaje fotográfico de Alfonso Brezmes


7 de abril de 2016

UNO




UNO es un trinomio (CERO, DOS y UNO), pero cada parte es uno, cada parte es Ernesto Frattarola, autor de esta pequeña joya poética. Cada parte es un desnudarse y no reconocerse, como parece anunciarse en el poema del ovetense Ángel González que el autor utiliza para abrir este poemario, estructurado magistralmente tanto interna como externamente. Porque en UNO cada palabra, cada verso, cada figura, cada poema, cada composición que elige para presentar sus distintas partes, las partes mismas (y hasta el epílogo) tienen una función en el todo. Nada parece arbitrario.

Aunque catalogar poesía dentro de una corriente siempre conlleva riesgos, en este caso el Existencialismo late en todas y cada una de las composiciones que lo conforman. En CERO, la primera, nos habla del vacío interior, del paso del tiempo, del desmoronamiento de los cimientos de la existencia, de la estrecha línea que separa la vida de la muerte, de la pérdida de la fe y la subsiguiente decepción e ira sentida hacia Dios. Sin embargo, se concluye esta parte con “Plegaria” una deprecación a la muerte para reunirse con él. Estaríamos ante el tópico de la consolación, pero en este poema se le da un giro y no se la invoca para el conocimiento de Dios sino para el reencuentro con él: …/ que cuando todo acabe / que no todo acabe. / Que vuelva a ver a mi padre. No se puede evitar sentir ecos de Blas de Otero en este grupo de composiciones.

DOS se inicia con un poema del mismo título, un poema capaz de comunicar con dos versos todo el sentido del segundo apartado del poemario, incluso del conjunto del mismo: Nos mintieron: / nunca seremos uno. Los temas que se abordan son el desengaño, el desgaste conyugal, la apatía, la rutina, el sentido de la familia, el miedo a poner fin a algo que de antemano se sabe que está acabado, el reconocerse —aunque acompañado— solo, la duda ante avanzar hacia la nada o seguir en la nada. Y para mostrarnos esta dualidad el autor no solo recurre a imágenes contrarias dentro de un mismo poema sino que las amplía a composiciones de significación (aparentemente) opuesta, como es el caso de los poemas “Jump” y “No Jump”.

Y llegamos a UNO: la charla con la voz interior, el deconstruirse, el no reconocerse, el cuestionarse la propia identidad (como parece intuirse, a modo de epitafio, en el poema “Herido Mármol”). UNO es el ser solo y todo el ser. UNO es una parte del poemario y todo el poemario, de ahí que en este apartado también se aborde el tema de la creación literaria, el escribir y el leer como un uno (poema “Eclipse”). El libro finaliza con un EPÍLOGO, mediante el cual, doblemente, se nos anuncia su final.

La mayoría de las composiciones son de corta extensión pero intensa significación. En ninguna de ellas se escatima en recursos para hacernos llegar de forma brillante el mensaje: tópicos, alegorías, metáforas, elipsis, oxímoron, símbolos reiterativos como el agua (¿lo oscuro? ¿lo interior?), el pan (¿el "alimento" básico que nos falta?), el insomnio, el rencor…, entre otros. Lo cierto es que el poemario invita a invertir horas deconstruyendo cada pieza para no perderse ningún detalle.

Reconozco que soy muy efusiva cuando algo me entusiasma, pero los amantes de la buena poesía no deberían dejar pasar la oportunidad de leer UNO.


6 de marzo de 2016

La tierra que pisamos




No voy a negar que, tras el disfrute de leer su ópera prima Intemperie, estaba expectante ante la noticia de que Jesús Carrasco había publicado una nueva novela. En esta oportunidad, el autor se vale de una voz femenina para narrar dos historias que se funden en una: la de la propia protagonista, Eva Holman —esposa del ya senil Iosif Holman, Coronel del VI Regimiento de Fusileros de su Majestad— y la de Leva, un hombre al que le fue arrebatado absolutamente todo y que, sin pretenderlo, será el artífice del cambio de conciencia en Eva.

La acción se narra en primera persona y en un presente indeterminado, aunque podemos encontrar suficientes datos como para aseverar que se trata de los inicios del siglo XX. España ha sido anexionada a un gran imperio y, tras la “pacificación”, algunos de los oficiales que participaron en la ocupación, como gratificación, son enviados a un pueblo de Extremadura para que disfruten de su retiro. En ese pueblo, afincados en una casa en las afueras, viven Eva y Iosif Holman. Allí también vivió Leva, antes de que los soldados lo apresaran y trasladaran junto a otros hombres, embutidos en una “caja” ambulante, a las tierras del norte para hacerles trabajar inhumanamente en la desforestación de los bosques. Allí vivieron también su esposa e hija, quienes fueron asesinadas junto al resto de paisanos que no eran aptos para tal fin.

Eva Holman (aquella joven suiza, niña de bien que no tenía más preocupación que su físico, que ajena a lo que acontecía a su alrededor acabó casándose con un oficial, aquella joven respetuosa con los valores inculcados por el sistema, convertida hoy en una mujer madura hastiada de compartir su vida con quien fuera un asesino impune que la ridiculiza y denigra, una mujer que empieza a cuestionarse muchas de sus antiguas creencias) irá reconstruyendo la historia atroz de este hombre de rostro marcado que un día llegó a su finca y, ajeno a las amenazas, permaneció en ella dejando pasar las horas recostado bajo la encina o tumbado sobre la humedad de su tierra. Su propia historia se fundirá con la de él hasta confluir en una tercera forma narrativa en la que es el propio Leva quien toma la voz.

Mientras Eva va reconstruyendo los horrores padecidos por Leva, también está reconstruyendo los de muchos otros hombres, mujeres y niños que fueron víctimas de la sevicia de quienes ostentaban el poder e irremediablemente aparecen en la mente del lector episodios de la segunda guerra mundial, de la conquista de América, de las múltiples anexiones al imperio romano..., de todas y cada una de las catástrofes sufridas y perpetradas por la humanidad. Resultaría inapropiado hablar de que es un tema recurrente en la obra de Jesús Carrasco puesto que, de momento, sólo ha escrito dos novelas, pero a la vista está que uno de los ejes temáticos que aparecen en ambas es la barbarie. Pero en La tierra que pisamos también se habla de empatía, de amor incondicional hacia aquello que nos une, de la conciencia universal y del camino que nos lleva a comprender que todos somos uno.

Su prosa no ha cambiado, continúa escribiendo con precisión y haciendo alarde de un rico caudal lingüístico. Las 270 páginas que conforman la novela están estructuradas en 86 capítulos muy cortos, recurso que, junto al presente narrativo, invita a seguir la acción como si de una sucesión de secuencias cinematográficas se tratara.

Es una novela excelente, sin ninguna duda.


[Publicado en la revista Culturamas]

Fotografía de BlogeRRe

25 de febrero de 2016

Momentos...




Supongamos por un momento,
emulando a un poeta,
que encuentras un alma
a la que quieres asomarte
como a una ventana llena de sol.

Supongamos por un momento
que el deseo crece vertiginoso
como piedra que rueda
desde la cima de un nevado monte
sin conocer su destino.

Supongamos por un momento
que la imagen de su caricia
despojando de ropa tu cuerpo de mujer
avanza alegre como riachuelo de agua fresca
aumentando su caudal por el camino.

Supongamos por un momento
que no piensas que la nieve que cubre la piedra
se acabará fundiendo
o que el agua dulce del río
se mezclará con la salada del mar.

Por un momento supongamos
que solo importa el momento,
que esto lo escribes para esa alma y
que en este momento
lo está leyendo.



Pintura de Salvador Dalí

10 de febrero de 2016

Biblioteca Nacional de Austria



“En Egipto se llamaban a las bibliotecas el tesoro de los remedios del alma. 
En efecto, curábase en ellas de la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades
y el origen de todas las demás." 

Jacques Benigne Bossuet 




El placer de leer un libro se puede elevar cuando lo hacemos en uno de estos templos del saber y si además está ubicado en un edificio que se merece la calificación de obra de arte el placer se puede multiplicar por mucho.

La Biblioteca Nacional de Austria, situada en Hofburg (uno de los más fastuosos palacios de Viena), está considerada como la obra maestra de la arquitectura barroca del país. Fue construida entre 1.723 y 1726 por el arquitecto Johann Fischer Von Erlach (bueno, la construyeron siguiendo sus planos). Este edificio mezcla el estilo neoclásico francés y una brillante decoración interior presidida por el techo oval de la cúpula en la que podemos ver un fresco que representa la apoteosis de Carlos VI, su glorificación y divinización como emperador. Todos los frescos de los techos son del pintor Daniel Gran. Esparcidas por la Gran Sala, podemos encontrar dieciséis esculturas de mármol que representan a miembros españoles y austriacos de la familia Habsburgo. La del centro, estatua de tamaño natural del emperador Carlos VI (cuarta imagen), es obra del escultor Antonio Corradini y el resto son de los hermanos Peter y Paul Dominik Strudel.

En su interior se atesoran casi ocho millones de documentos, herencia de la antigua biblioteca imperial, entre ellos la Biblia de Gutenberg (el primer libro impreso de la historia), ocho mil incunables, cuarenta mil manuscritos, treinta y cinco mil partituras, mapas… También dispone de una importante colección, de más de treinta y cinco mil ejemplares, de libros en esperanto. Actualmente se está digitalizando gran parte de esta colección de libros.

El edificio también alberga tres museos con identidad propia: el de papiros, el de globos terráqueos y el del Esperanto.

Además es uno de los pocos edificios emblemáticos de Viena donde permiten al público hacer fotografías de su interior. Aquí os dejo algunas de ellas.

¡Para no perdérsela!








Nota: fotografías de Blogerre.

7 de febrero de 2016

Espacito y buena letra



En el número 32 de la calle Ferlandina, en pleno Raval barcelonés, está la pequeña gran Llibreria de la Lluna. Y en su altillo, al que se accede por unas empinadas escaleras de madera, hay un espacito en el que cada fin de semana Al Víctor se convierte en puro canal poético para insuflarnos, directamente en ese órgano situado entre pecho y pecho, cada verso que recita con su íntima voz.

Ocho meses tarda este hábil declamador en descomponer cada átomo de un poema, en llegar a ese instante infinito, empaparse de él y dejar que fluya como si formara parte de su ser. Y así consigue hacernos sentir lo mismo que sintió ese niño que quiso ser pez, ave, perro, gato y hombre, para luego querer volver a ser niño..., pero ya no pudo ser. Y así nos hace oír el repiqueteo de la lluvia en las ventanas de la pensión de Baeza donde Machado se hospedó desolado tras la muerte de Leonor.

Al Víctor recita poemas de las voces polacas Wislawa Szymborska y Czeslav Milosz, de Antonio Machado -como ha quedado dicho-, de Borges, de Adolfo Castaño, de Manuel Benítez Carrasco, de Ona Rossetti y de León Felipe. Un cuento de Krank Kafka y dos columnas, publicadas en el diario El País, de Juan José Millás y Manuel Vicent, respectivamente.

No es habitual encontrarte en la vida con personas que lleven a cabo trabajos tan hermosos, pero cuando el milagro sucede no puedes dejar de creer que el universo siempre está de nuestra parte.




5 de febrero de 2016

Concesivas


Casi no te pienso,
aunque a veces te recuerde.
Sé que sigues existiendo
aunque nada sepa ya de ti.
Quizás tú aún me nombres,
aunque yo no esté aquí.

A pesar de que lo único
que compartimos fuera
el mismo sueño.






12 de enero de 2016

Exordio


POESÍA, desembárcame,
echame a tierra y léñame;
como a candil de sangre, enciéndeme,
que se sepa Tu Voz.

POESÍA, horádame,
ancla en mí, balsamízame,
sumérgeme en la luz líquida y lenta
de este trago de vino;
rescátame, tremólame,
tengo hambre de tu lanza en mi costado.

Inúndame, POESÍA
haz de mis huesos el temblor;
no tardes, tempestad,
golpea,
abre compuertas sin descanso al vértigo,
amor de mi niñez, POESÍA,
pertúrbame, combáteme,
mira mi corazón, préndele fuego,
deste derrumbe amante amasa el trino,
no hay tiempo que perder,
el sitio es éste, el corazón, oh, sed;
desuéllame, POESÍA,
asesta el golpe que debe abrir el surtidor,
quebrántame;
y en esta carne admonitoria,
carne de dar, devuélveme el niño aquel,
el niño aquel escarnecido y dulce
que lamía tus manos.

Oh, POESÍA, condúceme,
desgástame, desquíciame,
procede,
de donde estés, ordena,
y ponme a caminar.

Abigael Bohórquez en Heredad. Antología provisional (1956-1978)


*  *  *

Aquí podéis leer un artículo sobre este gran poeta mexicano, publicado en CONFABULARIO, blog suscrito al diario El Universal de México.







6 de enero de 2016

No moriré
















Mientras pueda decir
no moriré.

Mientras empañe el hálito
las palabras escritas en la noche
no moriré.

Mientras la sombra de aquel vientre baje
hasta el vértice oscuro del encuentro
no moriré.

No moriré.
Ni tú conmigo.


José Angel Valente en "El Fulgor", Antología poética (1953-1996)


28 de diciembre de 2015

Don de lenguas


LAMIENDO mis heridas
descubrí las cicatrices
que había olvidado
bajo la piel que nos nace
cuando a veces morimos
y nadie nos entierra.

"Segunda Piel" por Alfonso Brezmes en Don de Lenguas 
(Editorial Renacimiento, 2015)






La dilogía, el juego de significantes o la arbitrariedad del signo lingüístico como denominador común en las composiciones que conforman este delicioso poemario en el que la lengua es palabra pero también instrumento. Y así parece anunciarse a modo de carta de presentación en “Sexo oral”, poema que abre la primera parte del libro: “Te desnudaré de las palabras. / Uno a uno / te iré despojando / de los nombres de las cosas, / desde el Zapato hasta el Alma, / hasta poder contemplarte / tal y como eres. /…” .

Estructurado formalmente en tres partes: “Lenguas vivas”, “Lenguas muertas” y “Ejercicios de lengua” (más un poema introductorio y un epílogo “Fe de erratas”), pero en las tres se versa indistintamente sobre la vida, sobre la creación poética, sobre el y el (des)amor…, entre otros temas de tono existencial que resultan muy cercanos.

Son poemas íntimos, de corta extensión pero intensa significación, poemas que se llegan a sentir en la piel (y en el estómago) como si la voz poética tuviese el don de tocarte con su pluma.

Don de Lenguas es un poemario para saborearlo, sin lugar a dudas.





12 de diciembre de 2015

Jonás



Relato inédito de Félix Moral (Dubai - Gerona)


Sarah murió en silencio. Como debe ser, calladamente y con discreción. Mentiría si dijera que sentí pena o compasión por aquella alma insulsa y arisca. Apenas nos conocíamos y, durante los casi tres años que estuvimos juntos, ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por acercarse al otro. En un mundo repleto de gente ni siquiera nos hubiéramos mirado, pero en lo que queda de éste no tuvimos más remedio que compartir cama y angustia.

Sarah murió en mis brazos sin haber conocido palabra amable o caricia por mi parte. Tampoco ella me dedicó sonrisas o arrumacos ni tuvimos, en casi mil días, ninguna conversación que fuera más allá de un par de frases o despectivos gruñidos. Nuestra vida juntos fue como nuestro primer encuentro, forzada y extraordinariamente casual.

Coincidimos en Viena tras el apocalipsis. Creo que a la madre naturaleza se le agotó la paciencia y decidió exterminar a la especie humana. No fue poético y ni siquiera dio tiempo a que fuera trágico. Enfermamos y morimos. A lo bestia. En apenas dos días no quedaba nadie. La persistente humanidad desapareció en cuarenta y ocho horas. Y al parecer nosotros éramos los únicos supervivientes.

Cuando nos vimos por primera vez, en mitad del bulevar de Ringstrasse, nuestras caras se iluminaron. Descubrir que no estábamos solos fue una bonita sorpresa. Aunque aquella reparadora sensación duró muy poco. Nos abrazamos llorando, gimiendo y gritando, pero en cuanto nos miramos supimos que el destino nos la estaba jugando sin ningún reparo. En sus ojos descubrí lo que ella en los míos, un insultante vacío. Nos despreciamos desde el primer día, pero seguimos vagando juntos por la ciudad. No hablábamos, pero por la noche dormíamos pegados para soportar mejor el miedo a la soledad.

Llevábamos casi tres años huyendo del silencio cuando Sarah me dejó. Han pasado dos días y su recuerdo sigue siendo tan intrascendente como lo fue su presencia. Pero la echo de menos. Echo de menos su olor, su oscura mirada, su odio, su ira y su dolor. Vivir el final de los días con ella fue una suerte de absurda ironía, pero seguir en este mundo sin Sarah se me antoja imposible e insoportable.

Por eso he decidido suicidarme. Moriré en silencio, como ella. Moriré con la esperanza de que, si hay vida después de la muerte, Sarah estará allí, esperándome, abrazándome con su indiferencia y mordiendo mis labios con la rabia del amor que no pudo ser.


*  *  *

Félix Moral es autor de una fabulosa novela "Voyagers" cuyo manuscrito ha tenido la deferencia de compartir conmigo. Espero poder hablar (escribir) sobre ella en cuanto se la publiquen, circunstancia que estoy convencida de que sucederá en breve.


Imagen: "El grito" de Edvard Munch 


4 de diciembre de 2015

Espiral





Una camina y camina. Cree que avanza hasta que un día le falta el aire de tanto andar sobre el mismo suelo. Entonces se detiene. Se detiene y cierra los ojos. Cierra los ojos e inhala. Inhala y mastica el polvo que le cubre la boca. Y siente sed, pero la cantimplora que le cuelga del cuello hace mucho tiempo que está vacía. La necesidad de agua es lo que la obliga, por fin, a desviarse del árido camino por el que han circulado sus días.

Pero la búsqueda no resulta fácil. Hay que nadar a contracorriente, hundirse en pozos profundos, revolcarse en putrefactas ciénagas de lágrimas, empaparse en sudor. Buscar, buscar y buscar hasta encontrar la fuente en la que beber sin que te duela la barriga.

Después, cuando siente que llega la calma, apoya la espalda a la sombra de un pino y observa contemplativa el camino que ha abandonado. Ve pasar uno a uno a los personajes que protagonizaron su vida. Actores distintos repitiendo el mismo papel. Remake tras remake con sutiles cambios en el guión. Uno cubriendo con pétalos de rosas la entrada, otro pintando los barrotes de oro, todos abocados al mismo fin: enjaular al pájaro. Y cuando el pájaro le ve la boca al lobo, asustado, alza el vuelo. Huye del nido para caer, con el tiempo, en las garras de un nuevo depredador.

“Hubiera tenido que volar más alto para haberlos visto venir”, se lamenta inútilmente. Cree haber entendido el problema y que no volverá a cometer el mismo error pero lo cierto es que seguirá aleteando, alzándose apenas unos metros del suelo. Aún no sabe que el alquitrán que tiene incrustado en el cuerpo le seguirá impidiendo elevarse más. Mancha negra milenaria que pesa una eternidad. Y vuelve a la lucha. De nuevo se rompe las uñas escarbando en la lúgubre cueva de su pasado en busca del candil que ilumine el camino para no volver a tropezar.

El deseo de encontrar a una imaginaria raza nueva la llevará a navegar por territorios desconocidos. Cuando piense haberla encontrado se mezclará con ella. Los aborígenes la invitarán a café y mientras miran su escote le hablarán del inevitable desgaste conyugal que los lleva a frecuentar el país de las mariposas. Se fundirá con ellos bajo clandestinas sábanas blancas. Se mimetizará y durante un tiempo sentirá el viento fresco en la mejilla hasta que los vaivenes de la montaña rusa de las emociones en una sacudida la lancen al vacío.

Entonces llegará de nuevo la duda y tras ella el regreso a la cueva para volver a salir aleteando hacia su hábitat de reivindicada, o ciegamente autoimpuesta, libertad.

*  *  *

Tándem:

Ilustra: Roger Velàzquez
Escribe: Rita Rodríguez

Esta es una versión reducida del texto, y la ilustración, que hemos enviado a un concurso para equipos creativos. El lema común era "la lucha contra el monstruo" y el elemento visual que debía aparecer en la ilustración "círculo vicioso". No hemos ganado pero nos hemos divertido muchísimo.



24 de noviembre de 2015

Albada



Cuando tu feraz cuerpo se deshace
en líquidas sustancias,

cuando al amanecer en tu deriva encuentro
fragmentos de mí mismo naufragados
y a tientas vuelvo a tus entrañas

en la oscura raíz del sueño siento
con qué puro poder puedes llamarme.

José Ángel Valente












Fotografía: Photo Page

21 de noviembre de 2015

Rebeldía femenina



Ser rebelde lleva la vida entera,
borrarte los privilegios de la piel,
inscribirte en la soledad del desacuerdo,
dejar atrás a los usurpadores.
No hay premio a una rebelde
más allá de poder regar sus flores en el tiempo que apropia,
salir a dar de comer a las aves una mañana donde el capital devora,
sonreír con los dientes maltrechos ante la desventura del desayuno,
ser indigente en la casa que nadie sueña.
Las rebeldes saben de qué están hechos los premios,
rechazan los mendrugos que lanza la mano del opresor.
Una rebelde tiene como único premio la vida,
porque de ella nadie se apropia,
en ella nadie la usurpa,
porque es la única tierra propia de cada rincón donde duerme.
Su rebeldía alcanza siempre a cobijar el
desánimo del progreso
y si de paso una rebelde tiene la alegría
en soledad, ha vencido al mundo.


Doris Lessing (Irán, 1919 - Londres, 2013)



19 de noviembre de 2015

El mito de las edades



El historiador Hesíodo en su largo poema El trabajo y los días, intentando concebir la historia de la humanidad, nos cuenta que los dioses crearon cinco edades. Simbólicamente cada edad pertenece a las características de un metal y de su lectura se desprende que cada tiempo pasado fue mejor.

Resumiendo mucho, nos dice que primero crearon la edad de Oro. En ese tiempo los seres humanos desconocían el trabajo y la vejez, la vida era puro deleite y la muerte llegaba como un dulce sueño. Estos seres acabaron convirtiéndose en démones que vigilaban la tierra y protegían a los humanos. La edad siguiente, la de Plata, los seres eran inferiores tanto en aspecto como en mente. Eran inmaduros (criados por sus madres durante cien años) y vivían poco porque su insensatez hacía que se pelearan entre ellos. Zeus acabó eliminándolos porque no le rendían culto. Más tarde creó la edad de Bronce, marcada por su enorme violencia. Los seres humanos eran una raza guerrera que solo se ocupaba de las obras de Ares (dios de la guerra). Tenían mucha fuerza y unas manos invencibles que les crecían de los hombros. Todo lo que les rodeaba (armas, herramientas, casas…) era de ese metal. Acabó exterminándose a sí misma por su enorme violencia, no hizo falta la intervención de los dioses. Durante la edad de los Héroes, aunque también eran guerreros como los de la edad de bronce, los seres eran mejores y por eso se ganaron la gloria. Algunos murieron en guerras, como la de Tebas o la de Troya, pero Zeus les concedió una vivencia ultraterrena en las Islas de los Afortunados (en los confines del mundo) junto a Océano.

La edad de Hierro es la época de los hombres actuales (dice Hesíodo en el año 700 A. C.), tiempos en los que se sufren miserias, fatigas y en los que los dioses proporcionan enormes preocupaciones. Aventura el autor que Zeus también destruirá esta raza porque se acabará perdiendo el respeto, la piedad y existirán toda clase de acciones ruines.

A la vista de los acontecimientos, parece que falta muy poco para que tengamos una nueva edad. ¿Tal vez la de plástico?



"La larga marcha de la humanidad", acrílico sobre tela (Luis Miguel Valdés)