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21 de febrero de 2019

Acerca de la trilogía de Pablo Martín Sánchez



QUI, CUM, UBI o "Biografía Mínima"




Estos tres datos clave (“quién”, “cuándo” y “dónde”) son el germen de la trilogía del escritor Pablo Martín Sánchez, autodenominada “Biografía mínima”, cuyo tercer volumen, según sabemos, está acabando de escribir en la Fondation Jan Michalski (Montricher, Suiza), gracias a una beca. Así, cada libro se gesta a partir de aquello que lo define institucionalmente: su nombre, la fecha y el lugar de nacimiento.

En el primero, El anarquista que se llamaba como yo (Acantilado, 2012) –elegida como mejor ópera prima por la revista El Cultural del diario El Mundo y traducida recientemente al inglés–, el autor narra la historia de su homónimo. Otro Pablo Martín Sánchez, anarquista militante, nacido en Baracaldo a finales del siglo XIX, concretamente el 26 de enero de 1890, condenado a muerte en garrote vil el 7 de diciembre de 1924 por matar a dos guardia civiles.

Cuenta el autor, en el Prólogo del libro, que tras escribir su nombre y apellidos en el buscador de Google, y descartar las primeras decenas de referencias, encontró un artículo sobre el “suicidio” de un anarquista integrante de una expedición armada que pasó de Francia a España, a través de Vera de Bidasoa, en noviembre del mismo año. Llevado por la curiosidad, empezó a indagar y del resultado de sus investigaciones surge esta apasionante novela histórica.

La narración se desdobla en dos tiempos. Comienza en otoño de 1924, en la imprenta parisina La Fratternelle, donde el protagonista trabaja en el momento en el que se inicia su verdadero activismo. Paralelamente, la novela avanza con la narración del origen, infancia y juventud del personaje hasta que las dos historias confluyen. De esta forma, mediante el relato de la vida del protagonista –como si de una novela galdosiana se tratara–, Pablo Marín Sánchez nos muestra un claro lienzo de la España de los últimos años de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, hasta la caída de Primo de Rivera. Pero no solo presenciamos el retrato de funestos episodios de nuestra historia, de las demagogias y utopías de los políticos, intelectuales y gente común que los protagonizaron y la fisonomía de los lugares donde acaecieron, también, entre sus más de 600 páginas, observamos una nítida pintura de debilidades y pasiones humanas, entre las que no faltan el miedo, la traición, la venganza, la amistad, la compasión y el amor.

Si la estructura de este libro es parte integrante de su frescura y de la red que el autor teje –magistralmente– para atraparnos, también lo es la de Tuyo es el mañana (Acantilado, 2016), segunda entrega de la trilogía. En esta oportunidad, la acción se centra en lo que ocurrió durante las 24 horas del 18 de marzo de 1977, día en el que nació el escritor, como apuntábamos al principio. El relato se divide en seis partes. El mismo número que voces aparecen en él. Seis puntos de vista narrativos que discurren en ambientes diferentes y que se irán entrelazando: el de una niña, Clara, obsesionada con “ponerle nombre” a las cosas, que teme ir al colegio porque sus compañeros no la tratan bien; el de una joven, Carlota, que investiga sobre bebés robados; el de un empresario burgués, José María Raich i Ros de Olano, quien cree ostentar pleno poder para, entre otros muchos abusos, tocarle el trasero a la criada; el de Gerardo, un profesor marcado en cuerpo y alma –figurada y literalmente– por sus ideales políticos; el de un galgo de alta alcurnia venido a menos, Solitario VI; y el de un cuadro voyeur, el de María Dolores Ros de Olano i Figueroa, que lleva cien años observando, con católico espanto, lo que ocurre a su alrededor para verse sustituido, de repente, por uno nuevo. Como hiciera en su anterior novela, el autor nos muestra la sociedad de una época, en esta ocasión la de la transición española, en uno de sus años más convulsos. Un tiempo en el que las matanzas, las torturas, las luchas de poder, el bullyng escolar, el maltrato animal, el acoso sexual, el tráfico de niños… estaban a la orden del día. Graves problemas que desgraciadamente siguen sin estar resueltos. También aquí a través de lo cotidiano se muestra lo social, a través de lo singular se narra lo global. Pero, como en la primera novela, no hay denuncia, solo exposición de los hechos. Será el lector atento quien emita sus propios juicios.

De la tercera entrega poco sabemos, salvo que la acción se situará en Reus -lugar de nacimiento del autor- y en un tiempo futuro. Intuimos, no obstante, que como en las anteriores, mediante la intrahistoria asistiremos a episodios que adivinamos tendrán no pocos paralelismos con nuestra actual sociedad.

Como apunta el lingüista holandés Teun van Dijk, es necesario atender a lo global (la macroestructura) para conocer el sentido último de todo texto. Si prestamos atención a lo general de esta trilogía –aun sin posibilidad de haber leído la última entrega– se puede vislumbrar su sentido. Podemos divisar el hilo con el que el autor une pasado, presente y futuro. Un hilo político-social que, como el de pescar, es “casi” tan imperceptible como imperecedero.

Sobre cómo lo hace, remito a las llamadas artes liberales que se estudiaban en la antigüedad, concretamente al Trivium (tri-vium: tres vías o caminos) que contenía las materias: Gramática (o la habilidad de comprender los hechos), Dialéctica (o la habilidad de relacionar los hechos) y Retórica (o la habilidad de la expresión efectiva de los hechos y la relación entre ellos). Cada una de estas materias de aprendizaje también evolucionaba en tres etapas de desarrollo: El ‘conocimiento’ de la materia (el quién, el cuándo y el dónde de los hechos); la ‘teoría’ de la materia (el porqué de los hechos, la razón) y la ‘práctica’ (la sabiduría para relacionarlos y poder emitir juicios). Todas estas habilidades no solo están presentes en la obra de Pablo Martín Sánchez, sino que el autor invita al lector a que también las ponga en práctica. Él nos facilita las herramientas, nos brinda nuevos datos para ampliar nuestro conocimiento sobre la materia y que los relacionemos entre ellos para poder emitir juicios. Me sumo al sentir de Goethe cuando decía que para entender las grandes creaciones hay que verlas no solo en su conclusión, también en su génesis.

Pablo Martín Sánchez es –hasta la fecha- el único miembro español de Oulipo, acrónimo de Ouvroir de littérature Potentielle (‘taller de literatura potencial”) fundado en París (1960) por el escritor Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais. Un grupo experimental cuyo paradigma es trazar posibles rutas a través de restricciones autoimpuestas que permitan nuevas formas de creación. Entre los componentes de este grupo hallamos nombres, además de los ya citados, como el de Georges Perec, Italo Calvino o Jacques Roubaud, autores sobre los que basó su tesis doctoral Martín Sánchez.

Si la constricción ha dado como resultado estas joyas qué duda cabe que el método es, cuanto menos, muy efectivo.


[Artículo publicado en el primer número de 142 Revista Cultural, edición impresa]


29 de noviembre de 2018

Arte, naturaleza y espiritualidad



Una de las diferencias más significativas entre el arte occidental y el oriental se halla en los métodos formativos, asegura la artista María Eugenia Manrique (galardonada con el gran premio de Sumie en la Exposición Internacional de Caligrafía y Pintura China del Museo de Ansham y con el Bronce Price, premio de pintura Osaka International Triennale, Japón) en la introducción de su último libro Arte, naturaleza y espiritualidad, publicado por Ediciones Kairós.

Mientras que en Occidente la enseñanza académica se centra en una gran variedad de técnicas, el arte oriental habla de las energías del espíritu, de la contemplación de su evolución a partir de un método que se estructura principalmente en la práctica del pincel. Sin embargo, esta diferenciación —asegura— desaparece cuando, concluida la denominada etapa formativa, el artista busca su desarrollo interior en solitario. La formación no es más que un preámbulo y este aspecto es universal, afirma. Tal vez por ello, o como muestra de ello, incluye en su libro citas de célebres pintores románticos occidentales, en cuya obra la representación de la naturaleza es también la manifestación de su sentir, y tal vez por ello también en su escrito le preste más atención a las confluencias entre ambos mundos —que conoce bien— que a las divergencias. Al fin y al cabo todo artista busca entrar en contacto con su “naturaleza interna”.

En una entrevista concedida a RTVE cuenta Manrique que el artista oriental va a la naturaleza a contemplar, pero nunca pinta en ese momento. Es luego, en su estudio, cuando representa los sentimientos que emergen. Su pintura no será realista, aunque aparezcan los paisajes que ha visto, sino naturalista. En esa misma línea, nos explica en el libro cómo en uno de sus viajes a China, durante el ascenso a la cima del Tai Shan, una de las cinco montañas sagradas, se encontró con los llamados “pintores del aire” que entre las brumas que alcanzan las alturas, intentaban captar la grandeza del paisaje en sus manos, siguiendo con ellas los movimientos del pincel, para luego llevar el espíritu de la naturaleza a la pintura, en la soledad y el silencio de su estudio.

Afirma que, pese a que la China actual es un país de extremos, “el trazo único del pincel continúa siendo la máxima expresión de su cultura milenaria, en cuya esencia filosófica se establece la extraordinaria relación existente entre la naturaleza, el arte y la espiritualidad”. Esa esencia filosófica es la que María Eugenia pretende mostrarnos mediante los preciosos textos y pinturas que aparecen en el libro, pues su talento no se refleja solo en el brillante manejo del pincel.

Escribe que “para la filosofía taoísta, el arte ha de establecer un vínculo fundamental entre el ser humano y la naturaleza. Vínculo a través del cual el artista se convierte en mediador, logrando transmitir en cada trazo del pincel su propio paisaje interior en consonancia con lo que recibe de la naturaleza” y añade que “la expresión artística a través del pincel, la pintura, la caligrafía y la poesía puede ser entendida como el resultado de una meditación en acción, en la que la naturaleza confluye junto al ser humano para manifestarse de manera espontánea y natural, pudiendo llevar a la persona al encuentro con su propia esencia o espíritu creativo”.

Un libro precioso para saborear y sobre el que reflexionar.


5 de noviembre de 2018

Sin mediar palabra hablan











Recupero este texto que compuse en el año 2016 para la exposición "mani-festo", una muestra artística multidisciplinar que pretendía reflexionar sobre las manos como medio para comunicar emociones y no tan solo como una parte de nuestro cuerpo. Su comisario, Riccardo Giamminola, me invitó a participar y mi aportación al proyecto fue este poema.

SIN MEDIAR PALABRA HABLAN

Cierro los ojos y toco las manos
de la abuela que no conocí,
las del niño croata o de Senegal,
las grandes, menudas, enjutas, lisiadas,
firmes, decrépitas, mullidas, cuarteadas,
marmóreas, silentes, amigas o extrañas.

Las que tiemblan de frío o sudan pavor,
las que zurcen heridas,
las manos ciegas que juzgan, castigan, lastiman
las que dan vida,
las que desde su silla la quitan,
las que reman en pateras para llegar a la tierra
que las salvará,
las que se adornan con guantes de seda, estopa,
piedras preciosas o bisutería,
las que esculpen, cosen, escriben o limpian,
las que dibujan sonrisas,
las que desesperadas se unen
con la esperanza de que las llene el amor.

Cierro los ojos y toco sus manos,
las tibias venas,
las yemas, 
las genuinas huellas dactilares.
Todas tan únicas.
Todas tan iguales.

(Fotografía de Ros Ventura)



11 de octubre de 2018

Lo que llamamos principio a menudo es final

T.S. Eliot por Alexey Kurbatov


Leo en algunos estudios críticos sobre la obra de T.S. Eliot que todos sus poemas nacen a partir de una intensa crisis personal. Afirman que a través de la escritura conseguía liberar una corriente emocional que estaba presente en el fondo de todas sus creaciones. Algo que no nos sorprende, en absoluto. ¡Que tire la primera piedra quien haya estado libre de ese “pecado” a la hora de crear! Transformarla para que adquiera el valor objetivo que esperamos en la poesía es la gran proeza que solo unos pocos consiguen, aunque para ello, como en el caso de Eliot, siempre necesiten de un criterio externo al suyo. Dicha conjetura se basa en la lectura de la correspondencia que mantuvo con Pound, cuyos comentarios consiguieron que Eliot modificara hasta la extenuación su “Tierra baldía”, construida tras una larga reclusión, por prescripción médica, en el psiquiátrico de Cliftonville.

Parece que también son fruto de otras profundas crisis cada uno de los poemas que conforman sus preciosos Cuatro cuartetos. La necesidad de construir un futuro que se presentaba incierto —tras la separación de su esposa Vivienne— lo devolvieron a otra tierra: la de su infancia y adolescencia. Desde allí los creó. No se puede construir un futuro si no es sobre las ruinas de un pasado, dicen. Tal vez por ese motivo la entraña conceptual de esta gran obra sea la intemporalidad. Lo que podría haber sido y no fue, pero sigue latente en el presente y se intuye, por tanto, también en el futuro. Su forma de situar lo que acontece en otro espacio temporal distinto al que conocemos me resulta fascinante.

También observamos cómo en “La tierra baldía”, siguiendo los preceptos de Pound, prima la libertad a nivel conceptual y estilístico, circunstancia que contribuyó a situarlo dentro de la denominada modernidad. Sin embargo, los cuartetos presentan una marcada estructura, tanto en la exposición de ideas como en la forma de hacerlo. Un orden de contenidos complementado por un orden formal. Como si de antemano supiera lo que quería decir y cómo decirlo; como si dirigiera su voluntad sin permitirse que sus inquietudes se manifestaran por sí mismas durante el proceso creativo; como si también necesitara volver a un orden mental que, por algún motivo, le resultara —por conocido— más cómodo.

La génesis, si fue la locura, la cordura o ese débil punto intermedio lo que lo llevó a esculpir esas joyas, nunca la sabremos por mucho que se especule sobre ello. En todo caso, lo relevante es que sus bellos poemas siguen alumbrando, aún hoy, muchas de nuestras tinieblas.

También la poesía necesita del pasado para construirse un futuro. Lo inteligente, creo, es no quedarse anclado, sino observar la antorcha que la ilumina y hacerla brillar con luz renovada.

Lo que llamamos comienzo a menudo es final
y llegar a un final es empezar.
El fin es de donde partimos. Y cada frase,
cada oración lograda (donde cada palabra
está cómoda y toma su lugar
apoyando a las otras, la palabra
que ni es apocada ni ostentosa, el intercambio
natural de lo antiguo y lo nuevo, la palabra
común, exacta pero no vulgar,
la palabra formal, no por precisa pedante,
el entero conjunto bailando en armonía),
cada frase, cada oración, es fin y es principio,
todo poema es epitafio [...]


Fragmento de Little Gidding ("Four Quartets") de T.S. Elliot
(Traducción de Esteban Pujals Gesalí)

[Artículo publicado en la revista Oculta Lit]



30 de septiembre de 2018

De senectute politica




La refutación de los cuatro motivos por los que la vejez puede parecer miserable es a lo que, esencialmente, Cicerón dedica su espléndida De senectude. La única obra latina, según afirman algunos estudiosos, exclusivamente consagrada a los ancianos. Cicerón lo hizo a la manera griega, mediante el diálogo y se sirvió de la autoridad del gran Catón para exponer sus argumentos.

Pedro Olalla, en su fascinante De senectute politica, también recurre a un modo griego, en este caso al género epistolar. Partiendo de unos versos de Safo, hallados en unos fragmentos de papiro reutilizados para amortajar una momia de Egipto, un Ático del siglo XXI (es decir, el propio autor) remite una misiva al gran pensador latino, con quien entabla un vívido diálogo.

Pero su epístola no es solo una extraordinaria apología a la vejez, como algunos apuntan, sino que se sirve de ella para mostrarnos la actual versión de una degenerada democracia. Aborda en su libro temas como la corrupción política, la precariedad bajo la que vive gran parte de la sociedad, la necesidad de más cooperación ciudadana, el servicio que prestan hoy los ancianos en nuestras sociedades, la inigualdad de género, la urgencia de un cambio de mentalidad y de actitud por parte de los ciudadanos, entre muchos otros temas esenciales.

Pedro Olalla escribe un sabio ensayo filosófico que absorbe nuestra atención a lo largo de sus noventa páginas, tanto por la lucidez de sus argumentos como por la belleza de su prosa, en el que intercala preciosas leyendas, como la que reproducimos a continuación:

"Por esas esquirlas, como si se tratara de una escena pintada sobre un ánfora rota, conjeturamos que la Aurora se enamoró del apuesto Titono, y que, para poder gozar eternamente de su amor y de su compañía, llegó a rogarle a Zeus que lo hiciera inmortal. El soberano olímpico accedió, y Titono fue dispensado de la muerte, pero no quedó libre del tiempo y la vejez. Así que, año tras año, envejecía al lado de su joven esposa —eternamente joven—, sintiéndose atrapado en un destino extraño y trágico, ajeno a los mortales tanto como a los dioses. Consumido y decrépito, acabó recluyéndose en su lecho, donde continuó menguando, y donde, cada noche, seguía visitándolo la compasiva Aurora, a la que no podía hacer llegar más que un quejido arrancado con esfuerzo de sus abatidas entrañas. Un dios —no sabemos quién fue— se apiadó de él y lo mudó en insecto, en adusta cigarra, que desde entonces gime con desgarro y vive de las gotas de rocío que la Aurora derrama como lágrimas. A esto se añade un autor del tiempo de Nerón —entretejiendo el mito de Titono con el de la Sibila cumana— que aquello que repite con cadencia tenaz la voz de la cigarra (¡Mori…, Mori…, Mori…!) no es otra cosa que una súplica para que su muerte no siga demorándose."

Todo un hallazgo que leí hace meses y que hoy comparto aquí.