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28 de junio de 2012

Pepita Jiménez




























Ha sido un deleite reencontrarme con esta novela en la que siempre valoré la forma ingeniosa en que Valera a través de la ironía critica algunos de los males de su tiempo, y también del nuestro…

‹‹Dicen algunos que las ideas modernas, que el materialismo y la incredulidad tienen la culpa de todo; pero si la tienen, pero si obran tan malos efectos, ha de ser de un modo extraño, mágico, diabólico, y no por medios naturales, pues es lo cierto que nadie lee aquí libro alguno ni bueno ni malo, […]››

Muchas veces se ha argumentado sobre qué es lo que hace que un libro sea capaz de traspasar fronteras temporales y espaciales, qué es lo que hace que trascienda. A lo largo de la historia literaria las teorías acerca de cuáles son estos factores han ido cambiando como lo han hecho las sociedades que emitían dichos juicios. Pero, si bien cada época y cada cultura posee sus propios valores acerca de la literatura hay elementos que persisten a lo largo del tiempo y uno de ellos es la función que, en forma y contenido, toda obra literaria relevante lleva intrínseca: conmover al lector. ¿Y hay algo más universal y atemporal que las pasiones humanas?

Eso es precisamente lo que Juan Valera, con implícita comicidad y elegante prosa, nos cuenta en la que fue su mejor novela: la evolución de una pasión amorosa entre el seminarista Luis de Vargas y la joven viuda Pepita Jiménez, a la que pretende su padre, Don Pedro.

Pepita Jiménez (1874), que se publica en pleno movimiento realista, fue catalogada en el momento de su aparición como inmoral y paganizante; y es que además de narrar los efectos del amor en sus protagonistas es un claro alegato contra la falsa vocación religiosa:

‹‹Acaso (y siento tener este mal pensamiento, que a Vd. sólo declaro), acaso tenga la culpa el mismo clero. ¿Está en España a la altura de su misión? ¿Va a enseñar y a moralizar en los pueblos? ¿En todos sus individuos es capaz de esto? ¿Hay verdadera vocación en los que se consagran a la vida religiosa y a la cura de almas, o es sólo un modo de vivir como otro cualquiera […]››

El autor se sirve del recurso cervantino del manuscrito encontrado para iniciar su obra y a partir del cual se desarrolla su estructura. En la primera parte, “Cartas de mi sobrino”, Don Luis de Vargas, que ha regresado a su pueblo natal tras permanecer doce años en el seminario, a través de misivas, le explica a su tío sus nuevas vivencias mundanas a las que no le cuesta adaptarse, a pesar de que intente aparentar lo contrario:

‹‹Me voy cansando de mi residencia en este lugar, y cada día siento más deseo de volverme con Vd. y de recibir las órdenes; pero mi padre quiere acompañarme […] Está tan afable, tan cariñoso conmigo, que sería imposible no darle gusto en todo. Permaneceré, pues, aquí el tiempo que él quiera. Para complacerle, me violento y procuro aparentar que me gustan las diversiones de aquí, las giras campestres y hasta la caza, a todo lo cual le acompaño. Procuro mostrarme más alegre y bullicioso de lo que naturalmente soy. Como en el pueblo, medio de burla, medio en son de elogio, me llaman el santo, yo por modestia trato de disimular estas apariencias de santidad o de suavizarlas y humanarlas con la virtud de la eutropelia, ostentando una alegría serena y decente, […]››

Y seguidamente le expone sus preocupaciones y dudas:

‹‹Lo malo es que con esta vida temo materializarme demasiado: me parece sentir alguna sequedad de espíritu durante la oración; mi fervor religioso disminuye; la vida vulgar va penetrando y se va infiltrando en mi naturaleza. Cuando rezo, padezco distracciones; no pongo en lo que digo a mis solas, cuando el alma debe elevarse a Dios, aquella atención profunda que antes ponía. En cambio, la ternura de mi corazón, que no se fija en objeto condigno, que no se emplea y consume en lo que debiera, brota y como que rebosa en ocasiones por objetos y circunstancias que tienen mucho de pueriles, que me parecen ridículos, y de los cuales me avergüenzo.››

En la segunda parte, “Paralipómenos”, en la que la voz pasa a un narrador omnisciente identificado con el tío de Luis, se muestra la evolución de la relación y sentimientos entre ambos protagonistas:

‹Si D. Luis me amase, me sacrificaría sus propósitos, sus votos, su fama, sus aspiraciones a ser un santo y a ser una lumbrera de la Iglesia; todo me lo sacrificaría. Dios me lo perdone... es horrible lo que voy a decir, pero lo siento aquí en el centro del pecho, me arde aquí, en la frente calenturienta; yo por él daría hasta la salvación de mi alma.

—¡Jesús, María y José! —interrumpió Antoñona.››

En el “Epílogo: Cartas de mi hermano”, a modo de cuento maravilloso, se da cuenta de la dicha de la pareja:

‹‹se celebraron las bodas de don Luís de Vargas y de Pepita Jiménez [...] Aquella noche dio Don Pedro un baile estupendo en el patio de su casa y salones contiguos. Criados y señores, hidalgos y jornaleros, las señoras y señoritas y las mozas del lugar asistieron y se mezclaron en él como en la soñada primera edad del mundo […]››

A pesar de que en el contexto histórico en el que se compone la novela reinaba un clima de exaltación, tanto a nivel político como intelectual, este final de cuento maravilloso muestra el optimismo filosófico de Valera, esa confianza reinante en el XIX en que la razón y la ciencia conducen, por encima de todo, a la perfección de la humanidad y al progreso de la civilización.

No es inocente en Pepita Jiménez la presencia de referencias a personajes y citas de la literatura clásica, especialmente de nuestros autores aureoseculares. Tampoco lo es el lenguaje místico que en ocasiones utilizan sus protagonistas sino que, como citábamos al inicio, son recursos tras los que subyace una fuerte intención de comicidad.

Existen numerosas ediciones de esta novela publicadas por las editoriales Castalia, Cátedra, Crítica, Bruño… que podéis encontrar en bibliotecas públicas. También la podéis leer en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.


Ilustración de la edición publicada por Calpe en 1925



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