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12 de diciembre de 2015

Jonás


Por Félix Moral



Imagen: "El grito" de Edvard Munch 



Sarah murió en silencio. Como debe ser, calladamente y con discreción. Mentiría si dijera que sentí pena o compasión por aquella alma insulsa y arisca. Apenas nos conocíamos y, durante los casi tres años que estuvimos juntos, ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por acercarse al otro. En un mundo repleto de gente ni siquiera nos hubiéramos mirado, pero en lo que queda de éste no tuvimos más remedio que compartir cama y angustia.

Sarah murió en mis brazos sin haber conocido palabra amable o caricia por mi parte. Tampoco ella me dedicó sonrisas o arrumacos ni tuvimos, en casi mil días, ninguna conversación que fuera más allá de un par de frases o despectivos gruñidos. Nuestra vida juntos fue como nuestro primer encuentro, forzada y extraordinariamente casual.

Coincidimos en Viena tras el apocalipsis. Creo que a la madre naturaleza se le agotó la paciencia y decidió exterminar a la especie humana. No fue poético y ni siquiera dio tiempo a que fuera trágico. Enfermamos y morimos. A lo bestia. En apenas dos días no quedaba nadie. La persistente humanidad desapareció en cuarenta y ocho horas. Y al parecer nosotros éramos los únicos supervivientes.

Cuando nos vimos por primera vez, en mitad del bulevar de Ringstrasse, nuestras caras se iluminaron. Descubrir que no estábamos solos fue una bonita sorpresa. Aunque aquella reparadora sensación duró muy poco. Nos abrazamos llorando, gimiendo y gritando, pero en cuanto nos miramos supimos que el destino nos la estaba jugando sin ningún reparo. En sus ojos descubrí lo que ella en los míos, un insultante vacío. Nos despreciamos desde el primer día, pero seguimos vagando juntos por la ciudad. No hablábamos, pero por la noche dormíamos pegados para soportar mejor el miedo a la soledad.

Llevábamos casi tres años huyendo del silencio cuando Sarah me dejó. Han pasado dos días y su recuerdo sigue siendo tan intrascendente como lo fue su presencia. Pero la echo de menos. Echo de menos su olor, su oscura mirada, su odio, su ira y su dolor. Vivir el final de los días con ella fue una suerte de absurda ironía, pero seguir en este mundo sin Sarah se me antoja imposible e insoportable.

Por eso he decidido suicidarme. Moriré en silencio, como ella. Moriré con la esperanza de que, si hay vida después de la muerte, Sarah estará allí, esperándome, abrazándome con su indiferencia y mordiendo mis labios con la rabia del amor que no pudo ser.


*  *  *

Félix Moral es autor de una fabulosa novela "Voyagers" cuyo manuscrito ha tenido la deferencia de compartir conmigo. Espero poder hablar (escribir) sobre ella en cuanto se la publiquen, circunstancia que estoy convencida de que sucederá en breve.





6 comentarios:

  1. Ponme al día si ha publicado alguna otra cosa más. Da igual sea papel o digital.
    Gracias

    Miquel

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  2. Respuestas
    1. Es un buen relato, efectivamente.
      Saludos DLT

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  3. "no estaría contigo ni aunque fueras la última mujer sobre la tierra". jeje...supongo q es fácil decirlo. un beso, feliz año

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