Páginas

18 de mayo de 2015

A propósito del haiku



Llevo un tiempo leyendo sobre el haiku y he de admitir que está siendo muy gratificante a pesar de las divergentes teorías que estoy encontrando en torno a él. Algunos vinculan su origen con el haikai, una tradición japonesa originaria del siglo XV que consistía en reunir a varios poetas que, a modo de divertimento, componían breves poemas que se iban encadenando hasta conformar uno solo que podía constar de hasta cien versos. Parece que los versos iniciales ("hokku") de esas composiciones empezaron a valorarse y a funcionar por sí solos. Más tarde se les acabó llamando haiku. Otros, sin embargo, lo vinculan con el Katauta, breve poema que oscilaba entre la pauta 5-7-5 y 5-7-7, nacido en el siglo XVI, y que poco a poco se fue asentando en la forma 5-7-5.

Dejando de lado la forma y centrándonos en el contenido, según afirman algunos estudiosos occidentales, lo verdaderamente importante es que el haiku ocurra ante el poeta. Es decir, que "no puede ser imaginado ni elaborado en abstracto". Y añaden que "lo que se pretende es plasmar la existencia tal como es para transmitir así su misterio sin tener que explicarlo". Higginson y Harter coinciden en este aspecto: “Cuando escribimos un haiku estamos diciendo: resulta difícil contarte cómo me siento. Si comparto contigo el suceso que me hizo caer en la cuenta de lo sentido tal vez tú sientas también algo parecido”.

Pero esto es solo una parte, hay toda una filosofía detrás del haiku y de ahí que encontremos severas críticas hacia quienes lo han cultivado sin respetar sus “reglas”, como la que hace Haya Segovia (por citar algún ejemplo) a propósito del libro escrito por Mario Benedetti, Rincón de Haikus (1999), sobre el que señala que “en el mejor de los casos es una falta de respeto a la civilización japonesa y en el peor un mamarracho literario”. Si bien Haya Segovia critica casi todo lo que no haya escrito él sobre el haiku. 

En fin, yo sigo leyendo y mientras tanto os dejo uno de Tan Taigi (1709-1771) que me encanta:


Luciérnaga en vuelo
¡mira! Iba a decir, pero
estoy solo



Fotografía de autor anónimo (libre de derechos)


6 de mayo de 2015

Metamorfosis



Manos que andan…
Que acarician la fuente en la que beben.
Que se aferran,
con bisoños pasos,
a los dedos que las aguantan.
Unidas,
las de la madre y las de la hija,
si el miedo visita en las noches apaisadas.
O al cruzar la calle.
Unas sobre las otras
dirigiendo el danzar del pincel.
Temblorosas
cuando ya
solas
sostienen el poema que leerán en voz alta.

Manos menudas que no volverán.
Como a los gusanos de seda
les crecieron alas.


A Irene, en el día de su cumpleaños