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28 de diciembre de 2015

Don de lenguas


LAMIENDO mis heridas
descubrí las cicatrices
que había olvidado
bajo la piel que nos nace
cuando a veces morimos
y nadie nos entierra.

"Segunda Piel" por Alfonso Brezmes en Don de Lenguas 
(Editorial Renacimiento, 2015)






La dilogía, el juego de significantes o la arbitrariedad del signo lingüístico como denominador común en las composiciones que conforman este delicioso poemario en el que la lengua es palabra pero también instrumento. Y así parece anunciarse a modo de carta de presentación en “Sexo oral”, poema que abre la primera parte del libro: “Te desnudaré de las palabras. / Uno a uno / te iré despojando / de los nombres de las cosas, / desde el Zapato hasta el Alma, / hasta poder contemplarte / tal y como eres. /…” .

Estructurado formalmente en tres partes: “Lenguas vivas”, “Lenguas muertas” y “Ejercicios de lengua” (más un poema introductorio y un epílogo “Fe de erratas”), pero en las tres se versa indistintamente sobre la vida, sobre la creación poética, sobre el y el (des)amor…, entre otros temas de tono existencial que resultan muy cercanos.

Son poemas íntimos, de corta extensión pero intensa significación, poemas que se llegan a sentir en la piel (y en el estómago) como si la voz poética tuviese el don de tocarte con su pluma.

Don de Lenguas es un poemario para saborearlo, sin lugar a dudas.





12 de diciembre de 2015

Jonás


Por Félix Moral



Imagen: "El grito" de Edvard Munch 



Sarah murió en silencio. Como debe ser, calladamente y con discreción. Mentiría si dijera que sentí pena o compasión por aquella alma insulsa y arisca. Apenas nos conocíamos y, durante los casi tres años que estuvimos juntos, ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por acercarse al otro. En un mundo repleto de gente ni siquiera nos hubiéramos mirado, pero en lo que queda de éste no tuvimos más remedio que compartir cama y angustia.

Sarah murió en mis brazos sin haber conocido palabra amable o caricia por mi parte. Tampoco ella me dedicó sonrisas o arrumacos ni tuvimos, en casi mil días, ninguna conversación que fuera más allá de un par de frases o despectivos gruñidos. Nuestra vida juntos fue como nuestro primer encuentro, forzada y extraordinariamente casual.

Coincidimos en Viena tras el apocalipsis. Creo que a la madre naturaleza se le agotó la paciencia y decidió exterminar a la especie humana. No fue poético y ni siquiera dio tiempo a que fuera trágico. Enfermamos y morimos. A lo bestia. En apenas dos días no quedaba nadie. La persistente humanidad desapareció en cuarenta y ocho horas. Y al parecer nosotros éramos los únicos supervivientes.

Cuando nos vimos por primera vez, en mitad del bulevar de Ringstrasse, nuestras caras se iluminaron. Descubrir que no estábamos solos fue una bonita sorpresa. Aunque aquella reparadora sensación duró muy poco. Nos abrazamos llorando, gimiendo y gritando, pero en cuanto nos miramos supimos que el destino nos la estaba jugando sin ningún reparo. En sus ojos descubrí lo que ella en los míos, un insultante vacío. Nos despreciamos desde el primer día, pero seguimos vagando juntos por la ciudad. No hablábamos, pero por la noche dormíamos pegados para soportar mejor el miedo a la soledad.

Llevábamos casi tres años huyendo del silencio cuando Sarah me dejó. Han pasado dos días y su recuerdo sigue siendo tan intrascendente como lo fue su presencia. Pero la echo de menos. Echo de menos su olor, su oscura mirada, su odio, su ira y su dolor. Vivir el final de los días con ella fue una suerte de absurda ironía, pero seguir en este mundo sin Sarah se me antoja imposible e insoportable.

Por eso he decidido suicidarme. Moriré en silencio, como ella. Moriré con la esperanza de que, si hay vida después de la muerte, Sarah estará allí, esperándome, abrazándome con su indiferencia y mordiendo mis labios con la rabia del amor que no pudo ser.


*  *  *

Félix Moral es autor de una fabulosa novela "Voyagers" cuyo manuscrito ha tenido la deferencia de compartir conmigo. Espero poder hablar (escribir) sobre ella en cuanto se la publiquen, circunstancia que estoy convencida de que sucederá en breve.





4 de diciembre de 2015

Espiral





Una camina y camina. Cree que avanza hasta que un día le falta el aire de tanto andar sobre el mismo suelo. Entonces se detiene. Se detiene y cierra los ojos. Cierra los ojos e inhala. Inhala y mastica el polvo que le cubre la boca. Y siente sed, pero la cantimplora que le cuelga del cuello hace mucho tiempo que está vacía. La necesidad de agua es lo que la obliga, por fin, a desviarse del árido camino por el que han circulado sus días.

Pero la búsqueda no resulta fácil. Hay que nadar a contracorriente, hundirse en pozos profundos, revolcarse en putrefactas ciénagas de lágrimas, empaparse en sudor. Buscar, buscar y buscar hasta encontrar la fuente en la que beber sin que te duela la barriga.

Después, cuando siente que llega la calma, apoya la espalda a la sombra de un pino y observa contemplativa el camino que ha abandonado. Ve pasar uno a uno a los personajes que protagonizaron su vida. Actores distintos repitiendo el mismo papel. Remake tras remake con sutiles cambios en el guión. Uno cubriendo con pétalos de rosas la entrada, otro pintando los barrotes de oro, todos abocados al mismo fin: enjaular al pájaro. Y cuando el pájaro le ve la boca al lobo, asustado, alza el vuelo. Huye del nido para caer, con el tiempo, en las garras de un nuevo depredador.

“Hubiera tenido que volar más alto para haberlos visto venir”, se lamenta inútilmente. Cree haber entendido el problema y que no volverá a cometer el mismo error pero lo cierto es que seguirá aleteando, alzándose apenas unos metros del suelo. Aún no sabe que el alquitrán que tiene incrustado en el cuerpo le seguirá impidiendo elevarse más. Mancha negra milenaria que pesa una eternidad. Y vuelve a la lucha. De nuevo se rompe las uñas escarbando en la lúgubre cueva de su pasado en busca del candil que ilumine el camino para no volver a tropezar.

El deseo de encontrar a una imaginaria raza nueva la llevará a navegar por territorios desconocidos. Cuando piense haberla encontrado se mezclará con ella. Los aborígenes la invitarán a café y mientras miran su escote le hablarán del inevitable desgaste conyugal que los lleva a frecuentar el país de las mariposas. Se fundirá con ellos bajo clandestinas sábanas blancas. Se mimetizará y durante un tiempo sentirá el viento fresco en la mejilla hasta que los vaivenes de la montaña rusa de las emociones en una sacudida la lancen al vacío.

Entonces llegará de nuevo la duda y tras ella el regreso a la cueva para volver a salir aleteando hacia su hábitat de reivindicada, o ciegamente autoimpuesta, libertad.

*  *  *

Tándem:

Ilustra: Roger Velàzquez
Escribe: Rita Rodríguez

Esta es una versión reducida del texto, y la ilustración, que hemos enviado a un concurso para equipos creativos. El lema común era "la lucha contra el monstruo" y el elemento visual que debía aparecer en la ilustración "círculo vicioso". No hemos ganado pero nos hemos divertido muchísimo.