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7 de abril de 2016

UNO




UNO es un trinomio (CERO, DOS y UNO), pero cada parte es uno, cada parte es Ernesto Frattarola, autor de esta pequeña joya poética. Cada parte es un desnudarse y no reconocerse, como parece anunciarse en el poema del ovetense Ángel González que el autor utiliza para abrir este poemario, estructurado magistralmente tanto interna como externamente. Porque en UNO cada palabra, cada verso, cada figura, cada poema, cada composición que elige para presentar sus distintas partes, las partes mismas tienen una función en el todo. Nada parece arbitrario.

Aunque catalogar poesía dentro de una corriente siempre conlleva riesgos, en este caso el Existencialismo late en todas y cada una de las composiciones que lo conforman. En CERO, la primera, nos habla del vacío interior, del paso del tiempo, del desmoronamiento de los cimientos de la existencia, de la estrecha línea que separa la vida de la muerte, de la pérdida de la fe y la subsiguiente decepción e ira sentida hacia Dios. Sin embargo, se concluye esta parte con “Plegaria” una deprecación a la muerte para reunirse con él. Estaríamos ante el tópico de la consolación, pero en este poema se le da un giro y no se la invoca para el conocimiento de Dios sino para el reencuentro con él: …/ que cuando todo acabe / que no todo acabe. / Que vuelva a ver a mi padre. No se puede evitar sentir ecos de Blas de Otero en este grupo de composiciones.

DOS se inicia con un poema del mismo título, un poema capaz de comunicar con dos versos todo el sentido del segundo apartado del poemario, incluso del conjunto del mismo: Nos mintieron: / nunca seremos uno. Los temas que se abordan son el desengaño, el desgaste conyugal, la apatía, la rutina, el sentido de la familia, el miedo a poner fin a algo que de antemano se sabe que está acabado, el reconocerse —aunque acompañado— solo, la duda ante avanzar hacia la nada o seguir en la nada. Y para mostrarnos esta dualidad el autor no solo recurre a imágenes contrarias dentro de un mismo poema sino que las amplía a composiciones de significación (aparentemente) opuesta, como es el caso de los poemas “Jump” y “No Jump”.

Y llegamos a UNO: la charla con la voz interior, el deconstruirse, el no reconocerse, el cuestionarse la propia identidad (como parece intuirse, a modo de epitafio, en el poema “Herido Mármol”). UNO es el ser solo y todo el ser. UNO es una parte del poemario y todo el poemario, de ahí que en este apartado también se aborde el tema de la creación literaria, el escribir y el leer como un uno (poema “Eclipse”). El libro finaliza con un EPÍLOGO.

La mayoría de las composiciones son de corta extensión, pero en ninguna de ellas se escatima en recursos para hacernos llegar de forma brillante el mensaje: tópicos, alegorías, metáforas, elipsis, oxímoron, símbolos reiterativos como el agua (¿lo oscuro? ¿lo interior?), el pan (¿el "alimento" básico que nos falta?), el insomnio, el rencor…, entre otros. Lo cierto es que el poemario invita a invertir horas deconstruyendo cada pieza para no perderse ningún detalle.

Reconozco que soy muy efusiva cuando algo me entusiasma, pero los amantes de la buena poesía no deberían dejar pasar la oportunidad de leer UNO.