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17 de abril de 2018

El día que dejé de comer animales





El poeta y filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson en uno de sus escritos señalaba ‹‹en muchas ocasiones la lectura de un libro ha hecho la fortuna de un hombre, decidiendo el curso de su vida››. Hacia ese mismo lugar apunta el escritor y periodista Javier Morales cuando confiesa, en El día que dejé de comer animales (Silex Ediciones), que fue la lectura del libro de Jonnathan Safran Foer lo que lo llevó a convertirse en vegetariano: «Un buen libro, leído en el momento oportuno, no solo puede llegar a transformarnos, como pedía Borges, sino que puede cambiar una vida, humana o no, incluso salvarla. La lectura de Comer animales cambió la mía».

Tal vez sea por esa razón que el autor vehicula su ensayo animalista sin soltar nunca de la mano lo literario, circunstancia que redunda en su amena y ágil lectura.

Javier, con una voz sincera, opta por el relato autobiográfico para, a través de la narración de sus experiencias, no solo descorrer las cortinas que ocultan el padecimiento de muchos animales y lo que su consumo conlleva (tema principal del libro), también para poner de manifiesto la importancia de leer. Ambas cosas caminan juntas. Es por ello que, en su ensayo, encontraremos múltiples citas de autores, incluso un poema completo de Antonio Gamoneda. También nos dará cuenta de sus jóvenes pesquisas literarias y de algunas anécdotas relacionadas con ellas, por ejemplo la de sus primeros encuentros con el escritor extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal —cuya obra aprovecho para recomendar, como hizo Javier conmigo—, quien, según nos cuenta, le mostró el libro de Sartre, Las palabras, compuesto por dos únicos capítulos, “Leer” y “Escribir”, de los que, me atrevo a pensar, toma el nombre su blog.

De esta forma el autor vincula su formación lectora con la apertura de una conciencia observadora y crítica, y con ella su elección de optar por una dieta vegetariana. Sin dogmas, intenta ponernos frente a un espejo en el que poder reflejarnos para que, solo si lo consideramos conveniente, nos planteemos ciertas cuestiones.

Pero no solo nos muestra su mirada. A través de sus investigaciones y de las múltiples entrevistas que realizó, entre otros, a los filósofos Jorge Riechmann y Óscar Horta o a los activistas Javier Moreno y Ruth Toledado —fundadora de El Caballo de Nietzsche—, Javier comparte con nosotros la de otras personas comprometidas activamente con la defensa de los animales. Así, saca al escenario una verdad para muchos desconocida. Unas veces porque se nos oculta y otras porque optamos por cerrar los ojos. Y no lo hace para que nos convirtamos en vegetarianos, sino para ayudarnos a tomar conciencia tanto del maltrato al que son sometidos los animales que inertes llegan a nuestras mesas como del impacto (daños colaterales) que la ganadería industrial produce en el medio ambiente y, obviamente, en nuestra salud.

Sobre dichos daños, en gran medida, se profundizó el pasado viernes durante la amena e interesante charla que el autor mantuvo con el activista Leonardo Anselmi y con el periodista ambiental Antonio Cerrillo en la librería La Caníbal, con motivo de la presentación de su libro en Barcelona.

Tal vez el objetivo de Javier Morales al decidir escribir este libro no fuera tan ambicioso como se señala en la cita de Emerson, pero lo cierto es que su lectura no va a dejar a nadie indiferente. Como él mismo apunta, será cada lector quien elija qué quiere mirar, qué quiere ver.


4 de marzo de 2018

La edad de la ignorancia


El otorgamiento de un premio literario, a menudo, no nos garantiza que al leer la obra en cuestión nos resulte singular, al menos, en alguno de los aspectos que toda creación artística alberga. Sin embargo, “La edad de la ignorancia” de María Alcantarilla (Sevilla, 1983), galardonada con el Premio de Poesía Hermanos Argensola 2017 y publicada por la editorial Visor Libros, merece toda mi admiración. Podría aseverar que se trata de uno de los poemarios que he leído recientemente que más me han cautivado.





El libro se divide en cuatro partes: “Por descuido”, “El visitante”, “Las duraciones” y, por último, de la que toma el título, “La edad de la ignorancia”. Estructura mediante la cual la autora nos conduce desde lo personal, en sus tres primeras partes, a lo universal en las composiciones del último apartado, que dan unidad y sentido al conjunto. Así, desde lo particular se asciende a lo común y con ello a un todo.

Los temas que se abordan, como se puede intuir, son de tono existencial, casi metafísico. Los tres primeros apartados, bajo mi criterio un único bloque conceptual, giran en torno a los poemas pilares La hija que no tuve que aparecen, en sus distintas variantes (1), (2) y (3), en cada uno de ellos y mediante los cuales la autora pone de manifiesto la importancia de prestarle atención al niño/a interior que habita dentro de nosotros, a lo que el psicoanálisis denomina el “pequeño yo”. Estos preciosos poemas son una oda a la inocencia, a la necesidad de de-construirnos para volver a nuestra esencia, una invitación a mirar hacia atrás, a desposeernos de nuestra supuesta madurez, cuya impuesta “razón” nos mantiene prisioneros en un estado de invidencia que nos impide vislumbrar más allá de lo que nuestra recta mente dicta y que nos aleja de lo esencial, de aquello que no se puede “nombrar” porque carecemos de la sabiduría necesaria para hacerlo o simplemente porque no hace falta.

Desde distintas percepciones personales se nos conduce al epicentro temático del libro: el lugar (o edad) que ostenta actualmente la humanidad, bajo el criterio de la autora “la de la ignorancia”. Así parece observarse en algunos versos de la última parte del libro: “que soy yo quien elude la opción de no ser nada / semejante a las edades del mundo en el que dudo.” o en “como la antigua raza de los hombres / hemos olvidado cuánto vale la luz / filtrándose en la angosta galería..." Esta clasificación por edades por supuesto no es nueva, viene desde antiguo. Hesíodo, en su intento de concebir la historia de la humanidad en su largo poema El trabajo y los días (año 700 a.c.), ya lo hizo. Le siguen muchos otros filósofos, para no alejarme demasiado en el tiempo pienso en Eugenio Trías, en su fascinante libro La edad del espíritu, donde, a través del concepto del símbolo, también nos muestra las distintas edades del mundo. Otras corrientes, no filosóficas, de igual forma a través de sus hipótesis ponen de manifiesto la firme creencia en las distintas fases, o edades, de evolución de la humanidad relacionándolas con los diversos centros energéticos. Pero lo genuino, en este poemario, tal vez sea cómo a través de la edad física y de la vuelta a la infancia se remite, como señalaba al principio, a lo universal y con ello al retorno a lo primigenio.

Formalmente es significativa la segunda parte del libro “El visitante” a partir de la cual la voz poética transmuta al género masculino. Bien podría tratarse de un recurso retórico, acudir al género fluido para desposeer a la mano que escribe de identidad y exponer las mismas cuestiones desde otra perspectiva, aceptando así lo femenino y masculino que hay en todo ser. O bien, simple y llanamente, podría tratarse de un acto de humildad (la que tanto se reivindica en el poemario), de sinceridad por parte de la autora, un desnudarse ante el público, como parecería darse a entender en el poema “Dramatis Personae”: Yo mujer, / yo hombre de nadie y a quien nadie puede ver / mientras insisto en darme por vencido, / en vencerme a la mitad, tan solo, / de esta noble imagen / cuyo nombre es María o es Persona / y ocupa hasta la piel fruncida en la que habito […] o en estos otros versos: Reconozco a menudo al hombre que me habita / y le saludo como a un nuevo convidado / a mi presente […]  Sea lo que sea, lo relevante es lo que nos intenta comunicar desde distintas voces.

Atendiendo a más aspectos formales, cabe señalar que María Alcantarrilla escribe desde una dimensión en la que las coordenadas espacio-temporales se difuminan. Escribe en un instante preciso, en un aquí y ahora. De ahí que la gran mayoría de los poemas se rijan por el presente de indicativo, salvo en aquellos que remiten a mundos posibles, a esos lugares que solo están presentes en nuestra memoria o en nuestro ideario, en los que, como no puede ser de otra forma, se recurre al modo subjuntivo, como en ”Je me souviens” o “Los lugares invisibles”. La ausencia de adjetivación también es significativa, la autora intenta mostrarnos los temas que aborda sin recurrir a calificativos sino que lo hace a través de potentísimas imágenes que llegan a conmover al lector. No hay que olvidar que María Alcantarilla, además de escribir, cultiva el arte de la pintura y la fotografía, circunstancia que no pasa desapercibida.

Para concluir, diría que es una alma vieja (evolucionada) quien guía la joven mano que ha escrito estos poemas, que encarecidamente recomiendo leer. No hay ni uno que no merezca la pena.

Pero en el fondo, qué importa ser mayor o ser un niño
si el miedo es casi igual y la alegría
a pesar de la estatura.
[…]


28 de enero de 2018

Ut Pictura Poesis


Este archiconocido tópico cuya máxima difusión se debe a su formulación horaciana, pero cuyo primer testimonio según Plutarco aparece en Simónides de Ceos (556 – 468 a.c.), quien consideraba “la poesía como una pintura que habla y la pintura como una poesía que calla”, fue muy criticado, entre otros, por el ilustre escritor alemán Gotthold Ephraim Lessing (1729 – 1781) en su ensayo “Laocoonte”, basándose en la premisa de que el objeto de la pintura son los cuerpos y el de la literatura (a lo que los clasicistas denominaban, en sentido amplio, poesía) son las acciones.

No pretendo debatir aquí las posiciones que han defendido o denostado los grandes teóricos, pero, desde una visión simplista, me pregunto si realmente merece la pena invertir tanto esfuerzo en establecer límites o señalar divergencias obvias entre las múltiples formas de producir placer estético, cuando lo fascinante, a mi entender, es observar sus relaciones y cómo una manifestación artística, utilice el lenguaje o signo que utilice, nos puede conducir a conocer y disfrutar otras.

Recuerdo que, hace ya más de veinte años, fue la obsesión de Fonchito (uno de los protagonistas de la novela “Los cuadernos de don Rigoberto” de Vargas Llosa) por Egon Schiele quien despertó mi curiosidad por indagar más sobre el pintor vienés, no solo sobre su espectacular e inquietante obra, sobre su poder comunicativo a través de figuras humanas deformadas especialmente sus autorretratos, sobre la profundidad psicológica de las escenas eróticas que reproduce en sus cuadros, sino también sobre la Viena de su tiempo, sobre sus contemporáneos, sobre el expresionismo austriaco, sobre los componentes de la formación que creó, en cuyo manifiesto se defendía la individualidad del artista y que como era de prever el grupo se disolvió al poco tiempo de ser creado—, sobre su gran maestro Gustav Klimt… Qué duda cabe que para poder llegar a entender en profundidad una obra, sea del tipo que sea, es necesario acercarse a todas las particularidades que la envuelven y entre ellas resulta imprescindible conocer las circunstancias que rodean a su autor. 

El caso es que, contagiada por la obsesión de Fonchito, mis pesquisas me llevaron a descubrir todo un cromático abanico de pintores, escritores, músicos… Artistas, todos, cuyas bellas manifestaciones no entendía cómo me habían podido pasar desapercibidas y que avivaron el deseo de visitar el país austriaco por primera vez. A él, Fonchito, le debo la aventura.

La anécdota no sirve más que como una mera muestra, muy personal, de que lo verdaderamente fascinante es observar cómo un artista, utilice el lenguaje que utilice, es capaz de conmovernos tan intensamente. Cómo puede despertar en nosotros emociones que nos llevan a recorrer estadios que ni siquiera nos juzgábamos capaces de transitar.









8 de enero de 2018

Entelequia Cultura



MUY FELIZ de anunciar el nacimiento de Entelequia Cultura®, un proyecto que se ha estado gestando durante los últimos meses con mucho mimo y que ahora sale a la luz, cuyos rasgos generales presento a continuación: