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5 de marzo de 2020

Nusch Éluard: La musa callada del surrealismo



Nusch no puede dormir. Desde que se casó con Paul padece insomnio. Tras muchas noches en vigilia, se deja convencer por amigos y visita a un psiquiatra. El médico le dice que deje de lado lo que la inquieta y que escriba un diario al acostarse, pero ella rechaza la sugerencia "el escritor es mi marido, no yo", responde con dulce contundencia. Como segunda opción le aconseja que se lleve a la cama un cuaderno y que se relaje dibujando hasta conciliar el sueño. Nusch responde que no sabe dibujar, que ella no tiene talento de artista, que eso la pondría aún más nerviosa. Y regresa a su casa con las manos vacías, sin antídoto alguno para combatir su mal. 

Sin embargo, una noche, mientras hojea revistas, se levanta de la cama, toma unas tijeras y empieza a recortar fotografías, las recoloca sobre tarjetas y añade, a su elección, nuevos elementos. Nace así su afición por los collages. Nacen así bellísimas composiciones que quedaron ocultas al mundo durante mucho tiempo. Algunas de ellas, incluso, fueron erróneamente atribuidas a Paul Éluard. El editor Timothy Baum llevó a cabo una apasionante investigación para recopilar e inventariar los collages de Nusch, hoy propiedad de coleccionistas privados, y los publicó en un libro titulado Collage Dreams (1978).

Su obra queda en la sombra. No habla de Nusch Éluard la historia del arte, salvo como fuente viva de inspiración de no pocos artistas surrealistas que la inmortalizaron en poemas, dibujos, pinturas, esculturas y multitud de fotografías.

En efecto, el propio Paul Éluard —el poeta del amor— escribe miles de versos inspirados en ella. Los cincuenta y cuatro primeros poemas que le dedica están recogidos en la antología La vie immédiate publicada en 1932. Pero no es el único que siente la fuerza inspiradora de Nusch. Su rostro y su cuerpo atrae, entre otros, a pintores como Pablo Picasso, René Magritte, Salvador Dalí, Roland Penrose o Joan Miró, a escultores como Apel·les Fenosa y a grandes fotógrafos como Man Ray o Dora Maar.

¿Pero quién habitaba el cuerpo de esta mujer múltiple, dulce y enigmática a la que tantos amaban? 

Maria Benz llega al mundo el primer día de verano de 1906. Lo hace en el seno de una familia humilde de Mulhouse (Alsacia), entonces bajo administración alemana. Pronto se ve obligada a sustituir la escuela por el escenario del teatro ambulante que regenta su padre, Auguste Benz, quien la entrena con ahínco en números de acrobacia. Con tan solo diez años, Nusch —sobrenombre que le impone su padre—, se convierte en la protagonista del espectáculo familiar con un número de contorsionismo, ideado especialmente para ella, que causa furor entre el público. Cuatro años más tarde, recibe una propuesta para trabajar en un teatro de Berlín. Su padre la ánima a que se marche. Tiene 14 años. Allí no gana dinero, no pagan a los actores. Compagina, entonces, la actividad de actriz con la de modelo, posando para un editor de tarjetas postales eróticas. Cansada de tanto trabajo y esfuerzo decide regresar a Mulhouse para seguir actuando en el teatro familiar, hasta que en 1928 se traslada a París donde actuará, bajo un nuevo nombre —Maja Benaro—, en un espectáculo de hipnosis en el Teatro del Grand Guignol, especializado en obras de horror. Los días que el teatro está cerrado, deambula sin rumbo por las calles de la ciudad de la luz en busca de dinero con el que poder alimentarse o poder pagar el alquiler de la pequeña habitación donde se hospeda. Se disfraza con bonitos vestidos, zapatos de tacón de aguja y tocados con finas plumas. Todo lo coge del teatro. Acude a bares donde echa las cartas o lee las líneas de la palma de la mano de los clientes a cambio de unas monedas. Lo que haga falta para poder subsistir.

Nusch entra, para quedarse, en la vida de Paul Éluard la tarde del 21 de mayo de 1930. Un encuentro “mágico” que deja deslumbrado al poeta, como le sucediera a su amigo André Bretón con Nadja —símbolo del sueño de tantos surrealistas—. Bretón deja constancia de ese encuentro fascinante con su amiga en el libro Nadja, publicado en 1928, cuyo contenido autobiográfico fue considerado, por algunos, como una enseñanza esotérica sobre el arte de conocer a una mujer. 

Desde la misma tarde del advenimiento, Nusch renuncia a su vida anterior y se entrega, por completo, a los deseos del poeta. Parece no importarle que él siga amando apasionadamente a su exmujer, Gala, con quien mantiene una fluida correspondencia desde que ella lo abandonara en 1929 para irse a vivir a Cadaqués con Salvador Dalí. Con quien mantiene algún que otro encuentro y con quien espera, algún día, volver a vivir, “aunque sea en la distancia”. A Nusch parece no importarle compartir a su amado con otras, con otros. Paul también la comparte a ella con sus amigos. Nusch encarna la libertad sensual a la que canta el poeta. Nusch se pondrá al servicio de su esposo, de sus fantasías. Abrazará su vida sin importarle perder la suya.

En 1931, Paul se la presenta a Man Ray y le sugiere retratarla. Ella va frecuentemente a su taller, posa y éste la fotografía. Su imagen sirve, entre otras cosas, para publicitar alhajas en importantes revistas, como la prestigiosa Harper’s Bazaar.Pero ella nunca habla de su faceta de modelo (como tampoco lo hará sobre ningún otro asunto personal o íntimo). Le basta ver el efecto que las fotografías producen en su marido. En 1935 el propio Éluard publica la antología Facile, un libro compuesto por 12 poemas y 12 fotografías eróticas de Nusch tomadas por Man Ray. 

Después le toca el turno a la gran Dora Maar, quien la retratará de forma muy distinta a como lo hacía Man Ray. Significativo es el fotomontaje que hizo con un retrato de Nusch sobreponiendo en su rostro una tela de araña. En aquel tiempo la fotógrafa mantenía una relación, que acabó siendo tortuosa, con Pablo Picasso quien también se convirtió en retratista y amigo íntimo de Nusch. De nuevo, fue Paul Éluard quien se lo propuso al pintor. 

Poco a poco, a medida que otros artistas —ya los hemos citado— quieren retratarla, Nusch descubre la energía creadora que alberga, la energía que tantos quieren captar. Pero su alma hace tiempo que empezó a resquebrajarse. 

No puede luchar más contra el debilitamiento físico de su esposo. Se ha entregado a otros cuerpos con el único deseo de hacer gozar hasta el éxtasis al de su débil marido. Lo ha abrazado, ha hecho cuerpo con él, convirtiendo su yo en un nosotros absoluto, alienando su existencia. 

Llegan años difíciles. Atrás quedan las reuniones veraniegas y los juegos con amigos surrealistas en Mougins, Saint-Tropez o la isla Saint-Marguerite. La guerra merma aún más la salud de Paul. Dejarán París para trasladarse al campo. Hace frío, pasan hambre. Paul sufre afección pulmonar, también tiene problemas cardiacos. Nusch tampoco se siente bien. En 1939 Paul es movilizado. Ella va de aquí para allá, siguiendo sus pasos, para poder ofrecerle un hogar al que acudir, aunque sea una habitación alquilada. En julio de 1940 lo envían a casa debido a su salud. Se inscribe, de nuevo, en el partido comunista. Se sienten amenazados. Se esconden en pisos de amigos… Y así transitan, juntos, los convulsos años de guerra hasta la liberación de París.

En noviembre de1946 Paul padece una crisis nerviosa y por prescripción médica se retira, solo, a descansar a un hotel de Montana (Suiza). Tres días más tarde, Nusch muere, sola, en su piso de París de una hemorragia cerebral. 

La entierran el 2 de diciembre en el cementerio Père Lachaise, donde aún se pueden leer las dos únicas palabras inscritas en su lápida: Nusch Éluard.

Nusch Éluard por Pablo Picasso

Artículo publicado en 142 Revista Cultural